Roots: El último gran Mundial

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ROOTS es una serie sobre la cultura y el ciclismo español entre los años 1985 y 1995, que explora la década más salvaje de este deporte en todo su esplendor, pero también con sus sombras. Aunque el ciclismo es el núcleo de esta serie, no dudaremos en desempolvar otro tipo de historias olvidadas o en reescribir aquellas que necesiten una nueva perspectiva.

Arrastrado por los atuendos fluorescentes, los extraños accesorios para proteger la cabeza y la naturaleza imprevisible de la propia competición me repito una y otra vez “Estas cosas ya no pasan”. Vuelvo a ver la carrera y la recuerdo como uno de los grandes hitos del pasado romántico del ciclismo.

De manera merecida se habla de ella como “el último gran mundial”, y sobre todo, como la primera vez que España volvió a casa con la victoria, hablamos del mundial de Duitama 1995.

Para España, el final de la década de los 80 y gran parte de la de los 90 marcaron un periodo histórico de crecimiento. En 1986, el país se convirtió en un miembro de pleno derecho de la Unión Europea, libre ya de su devastador pasado dictatorial y preparado para contribuir por fin a nivel internacional. 1992 fue su gran año, ya se se celebraron tanto la Expo Internacional de Sevilla como las Olimpiadas de Barcelona, en las que, por fin, España ocupó un puesto de honor en el medallero.

Al mismo tiempo que los españoles se enorgullecían de llegar a un nivel socioeconómico en el que se les podía considerar europeos, también asumían riesgos en todos los ámbitos culturales: Pedro Almodóvar incluía una escena explícita de violación en su película Kika, palabras como “petting” y consejos sexuales se colaban en las revistas para adolescentes, y un himno feminista representó a España en Eurovisión. Fue una época optimista y atrevida, en la que los españoles se mostraron al mundo y permitieron que el mundo les influyera a ellos.

En lo que al ciclismo se refiere, no obstante, las únicas competiciones que importaban a los aficionados en España eran las Grandes Vueltas: Tour de Francia, Vuelta, y, en mucha menor medida, Giro de Italia. El ciclismo se había convertido en el segundo deporte más popular del país, por detrás del fútbol, y con esta popularidad llegó el dinero con el que pagar tanto los cada vez más altos sueldos de los corredores, que aumentaban sin parar, como la EPO. La falta de controles antidopaje efectivos amplificaba los finales épicos y los ataques inesperados, añadiendo un factor sorpresa que arrastraba al público hacia la bicicleta. No había sorpresas, sin embargo, en lo que se refiere a Miguel Induráin, ganador de cinco Tours, dos Giros y que se había proclamado Campeón del Mundo de Contrarreloj unos días antes en la misma cita mundialista. Aunque España no se emocionara con los campeonatos mundiales, todos esperaban que Induráin retornara a casa con la primera victoria española; a pesar de todo, no iba a ser fácil.

La prueba en ruta del Mundial de Ciclismo de 1995 en Duitama se celebró en un circuito del que se aseguró que era el más duro desde el mundial de 1980 en Sallanches, Francia, ganado por Bernard Hinault. En quince vueltas, los ciclistas supervivientes pedalearon durante más de siete horas para completar los 265 kilómetros y más de 5.000 metros de ascensión. Además, Duitama se encuentra a 2500 metros de altitud sobre el nivel del mar, lo que aumentaba la ya extrema dificultad del perfil de la prueba. De hecho, los organizadores de los mundiales indicaron que no solo sería el último mundial que incluyera una prueba amater, sino que nunca se volvería a celebrar en un sitio con una altitud similar.

Mientras me siento frente al televisor, los maillots fluorescentes multicolores refulgen al pasar al lado de los coches oficiales de carrera, unos todoterreno que aportan un toque militar parecido al que tenían las carreras de los ‘60 en Europa del Este.

Ya en la vuelta decimoprimera, el colombiano Israel Ochoa y el ruso Dimitri Konyshev colaboran escapados, y la lluvia convierte la carretera, recientemente asfaltada, en un espejo resbaladizo. Los italianos luchan por cerrar el hueco. Al final de la siguiente vuelta, Marco Pantani comienza a tensar el ritmo en el grupo perseguidor de diez unidades, en el que ruedan cómodamente cuatro corredores españoles. Como nunca han ganado el título, parecen decididos a adoptar la estrategia italiana de meter siempre un corredor en la fuga y luchar por una victoria de equipo, sin tener en cuenta quién sea ese ciclista. La reputación de Indurain como hombre-Tour, centrado casi exclusivamente en la carrera francesa, y sus futuros planes de retirada podrían también estar pesando a la hora de adoptar su estrategia para este mundial. Miguel se muestra firme, concentrado, y participa decidido en escaramuzas con Pantani, que se repetirán en varias ocasiones hasta que crucen la línea de meta.

A falta de dos vueltas, solo un tercio de los corredores que tomaron la salida siguen en carrera. El paso de montaña que se encuentra a mitad de circuito favorece a los buenos escaladores, como Fernando Escartín. Cuando restan treinta y cuatro kilómetros, el ataque del escalador español arrastra al suizo Felice Puttini, y ambos consiguen una ventaja de veinte segundos. Los italianos aceleran el ritmo en la cabeza del grupeto perseguidor de 16 ciclistas para proteger su reputación de dominadores en los Campeonatos del Mundo.

Quedan veinticinco corredores en liza. Pinchazo de Induráin, que decide inmediatamente cambiar de bicicleta y se reincorpora al grupo de favoritos sin esfuerzo aparente. La selección española conserva todas sus bazas. Miguelón lanza un ataque con Konichev a rueda, lo que permite que sus compañeros puedan coger aire en el grupo perseguidor. Su aventura acaba pronto y, ahora, es el turno de Olano, que sale esprintando violentamente desde la parte trasera del grupo. 

Pronto consigue abrir un hueco de cuarenta y seis segundos. Induráin vuelve la cabeza para ver quién será el primero en responder al ataque de Olano, y así poder ponerse a su rueda. Nadie acepta el reto. Continúa escudriñando a los rivales, esperanzado, pero el navarro reconoce que, al cambiar sus planes para proteger los intereses de Olano, sus posibilidades de ser campeón del mundo se alejan poco a poco. 

En la ascensión final, a solo ocho kilómetros para la línea de meta, Pantani, Indurain, y los  suizos Gianetti y Richard, consiguen rebajar la ventaja a treinta segundos. Gianetti ataca tímidamente, e Indurain controlar la situación con autoridad. Esta vez es Pantani el que se queda y tiene que hacer un gran esfuerzo para enlazar. Olano, con la gorra y el culotte multicolor del equipo Mapei y la bandera española en su maillot, tiembla presa del pánico, mientras avanza con un pinchazo en su rueda trasera a tan solo dos kilómetros de la llegada.

Con solo treintaicinco segundos de ventaja se puede intuir cómo se aferra al manillar e imagina potenciales desenlaces fatales-- el tubular trasero podría salirse, con el consiguiente peligro de romper la rueda por completo, etc-- mientras se va acercando a la meta cautelosamente, consiguiendo la victoria para España. Los siguientes tres corredores se acercan a la línea de llegada. Pantani lanza el sprint sin poder impedir que un Induráin desatado le robe la segunda plaza, superándole por la derecha y celebrando, brazo en alto, la victoria de Olano como si fuera suya. Un gesto con el que Miguel demostró que su papel no había sido el del peón en el ajedrez, sino el de la torre: especializada en apoyar el avance de sus compañeros de equipo.

La generosidad de Induráin hizo posible una noble victoria para el ciclismo como deporte de equipo, en el que dos rivales encontraron la fortaleza y el éxito en la lucha conjunta. Y una estupenda historia que recordar si hablamos de la España de la década de los 90.

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